Días extraños
El tiempo gotea como tinta en agua,
líneas torcidas dibujan un mapa que nadie sigue.
Los espejos ríen rotos,
ángeles descalzos arrastran sus alas de polvo,
demonios de fuego ofrecen flores marchitas.
Días extraños:
las palabras nacen mudas,
las bocas tiemblan llenas de vacío,
las calles se doblan sobre su sombra
y el reloj mastica segundos como si fueran huesos.
Un paso más —
¿y qué es lo que espera?
¿un vuelo que rasga el cristal del cielo,
un abismo que canta con voz de sereia,
o la paradoja: caer y ascender al mismo tiempo?
Todo vibra en espirales invisibles:
la caída se hace danza,
el grito se vuelve canto,
la nada, cuna de milagros.
O caos destruye,
e engendra.
Y quien se atreve a perderse,
se reconoce:
no en el espejo roto,
sino en la llama que nunca se apaga.
Días extraños
El tiempo se derrama —
¿tinta? ¿sangre? ¿lluvia de recuerdos?
mapas que se doblan en sí mismos,
calles que mastican pies desnudos,
ángeles ciegos, demonios de azúcar, blanca.
Días extraños:
las palabras se suicidan en la lengua,
las bocas estallan en silencio,
un reloj mastica segundos —
¡crack, crack! —
como dientes oxidados.
Un paso más —
¿vuelo? ¿abismo? ¿ninguno? ¿ambos?
un ala rasga el cielo en gritos líquidos,
una voz de sirena me lame los huesos:
dulce, venenosa, inevitable.
Caer.
Ascender.
Danzar con la nada.
El caos muerde, el caos pare.
Un rosto roto late como corazón,
una llama invisible arde en la garganta:
se apaga, no se apaga,
arde, se ríe, persiste.
Y yo,
deshecho, disperso,
me reconozco
en lo que no tiene nombre,
en lo que no tiene centro,
en el incendio
que nunca muere.
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